¿Qué es la filosofía?

¿Qué es pensar, saber...?

Lo habitual en estos casos es recurrir a Sócrates, el que se ha convertido en algo así como el prototipo de filósofo; ese al que todo el mundo conoce y que más de uno toma como paradigma de lo que un filósofo debe ser. Sócrates, aquel a quien el oráculo de Delfos señaló como el más sabio de entre los sabios y cuya máxima rezaba así: "sólo sé que no sé nada". 

¿Cómo es posible que alguien que reconoce no saber nada sea, sin embargo, el más sabio? Lo que contestemos a esta pregunta nos dará las pistas para responder también a la cuestión central: ¿qué es la filosofía?

Pues bien: Sócrates era el más sabio precisamente por reconocer que no sabe nada, por saberse ignorante; mientras que los políticos, artesanos y demás ciudadanos creían saber, Sócrates en cambio adopta una actitud interrogante y pregunta. Y es que preguntar, al fin y al cabo, o al menos si es una pregunta sincera, sitúa a quien pregunta en una situación de desventaja; preguntar te coloca en la posición de no tener las respuestas, de no haber alcanzado aun la sabiduría. Eso es lo que diferencia a Sócrates de los verdaderos ignorantes, aquellos que, en su soberbia, ni siquiera saben que no saben. Esto queda recogido en otra de las citas famosas de Sócrates: "conócete a ti mismo". Conocer nuestros límites, descubriendo nuestra propia ignorancia.

Pero a esto cabe responder muchas cosas y hacer muchas críticas, y entre ellas la más directa que se me ocurre es un rotundo: ¿a quién le importa? Al fin y al cabo, fue la misma ciudad a la que Sócrates hacía preguntas la que lo condenó a muerte. El ciudadano de a pie, ante las preguntas insistentes, ante todo eso de conocer y de la filosofía, no tiene otra respuesta que tomar a Sócrates como un pesado. "Sí, muy bien, queridos señores mios... Todo esto es muy correcto... Pero es aburrido", podría decir cualquiera.

Y digo yo: ¿por qué conócete a ti mismo? ¿Por qué no, en su lugar, constrúyete a ti mismo?

Habitualmente la tradición filosófica sitúa al conocimiento como lo más elevado, lo más alto. Pero, ¿qué es conocer? Hablamos de conocimiento objetivo, claro, que es lo que corrientemente se toma como el verdadero conocimiento. Y si rastreamos de dónde proviene la palabra "objeto" nos encontramos con términos como distancia, alejamiento... Ya Pitágoras lo decía bastante claro: el filósofo es aquel que va a la fiesta y se queda mirándola desde afuera, para así poderla conocer. El filósofo es el aburrido que se apoya en la pared y observa, aquel que rechaza los sentidos y, mediante su razón, conoce; aísla en una probeta mental aquello sobre lo que se pretende un sabio y luego escribe un libro.

¿Qué tal, pues, si en vez de conocer salimos a bailar? En vez de conocer, aprender danza; en vez de mirar nuestro triste reflejo solitario en el espejo, construirnos a nosotros mismos y nuestro cuerpo, y, entonces, saber verdaderamente qué se siente ahí, en la pista, adentrándonos en el juego de la vida real, palpable. Al fin y al cabo, ¿cómo saber a qué saben las cosas sin probarlas? La filosofía parece haber olvidado el sentido de la palabra saber: ¿te habías fijado en que saber y sabor tienen la misma raíz? Ambas provienen de sapere, que designaba tanto el gusto como el conocimiento. 

Así pues, si la respuesta clásica a la pregunta acerca de qué es la filosofía es "amar la sabiduría", siendo este amar un amor teórico, razonado, mi respuesta sería más bien saborear la sabiduría. Y no exclusivamente a través de la razón sino de la boca, ese lugar en el que lo exterior (el bolo alimenticio, los fenómenos físicos, el mundo) se juntan con lo interior (el paladar, el estómago y lo que ello produce en nuestro cerebro). Es el mundo como degustación, como campo de recreo donde conocer mientras se juega con las manos.

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